Empresas familiares jugarán un rol clave en Venezuela para dinamizar la economía
Las empresas familiares jugarán un rol protagónico en la recuperación económica de Venezuela, especialmente si sus emprendimientos son respaldados con las políticas públicas adecuadas, la transformación digital e innovación tecnológica oportunas y la planificación estratégica necesaria para elevar la productividad nacional trabajando juntos por una economía más inclusiva y sostenible.
Obviamente, otro factor clave a partir de 2026 serán las inversiones en la industria petrolera para llegar a producir seis millones de barriles diarios en los próximos años, seis veces más de lo que se produce hoy.
Las empresas familiares representan el 75% de todas las compañías de más de 1.000 millones de dólares de América Latina y entre el 60% y 80% de su Producto Interno Bruto (PIB), según la escuela de negocios francesa Insead. Pero a la vez constituyen entre el 70% y 90% del tejido empresarial de nuestros países, aportan entre 60% y 80% de los puestos de trabajo formales y contribuyen con más del 70% de la recaudación de impuestos. En Venezuela las cifras son similares.
Las empresas familiares no solo están presentes en los grandes grupos corporativos del país, con compañías centenarias e incluso dinastías familiares como el periódico El Impulso (1904), Ron Santa Teresa (1796) y Alfonso Rivas & Cia (1910), sino principalmente en las micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes), que constituyen más del 90% de total de empresas del país en la actualidad.
Las bases de datos oficiales, entre las cuales incluyo las del propio gobierno (Saren), el sector privado (banca y telecomunicaciones) y reconocidas universidades (Monitor Global de Emprendimiento Venezuela elaborado por UCAB e IESA), revelan que el 86% de las Mipymes se concentra en comercio y servicios, que el 97% tiene un nivel tecnológico bajo o nulo y que su presencia en mercados internacionales es marginal.
Además, muchas compañías de familias operan fuera del radar regulatorio y sin aportes fiscales al país. Todo lo anterior representa una gran reserva de talento y esfuerzo productivo que puede transformarse en potente motor económico si se logran formalizar sus emprendimientos apoyando sus iniciativas en lugar de encarrilarlos a seguir trabajando en negro o por debajo de la mesa.
Este contexto sugiere que las empresas familiares —al ser la forma dominante de organización en el parque empresarial venezolano— representan una palanca con alto potencial. Así que la primera recomendación que podríamos dar al gobierno es obvia: si resultan respaldadas en su transformación digital, con acceso a financiamiento, capacitación, profesionalización de la gestión y una correcta integración al mercado formal, las empresas familiares venezolanas acelerarán en forma sustancial el ritmo de crecimiento de la economía nacional.
La Comisión Económica para América Latina (Cepal) proyecta para el PIB de Venezuela un aumento de 3% en 2026 y la firma consultora global Oxford Economics uno de 4,2%. Sin embargo, las inversiones en la industria petrolera y su derrame al resto del país, a través de Mypimes y no solo grandes empresas, pueden multiplicar esto sustancialmente en el corto y mediano plazo.

Venezuela perdió casi el 80% de su producción económica en el gobierno de Nicolás Maduro, sin una guerra abierta de por medio, mucho más de lo que perdieron los alemanes y nipones en la segunda guerra mundial (más del 40% de su riqueza nacional y capacidad industrial). Pero tras su reconstrucción y estabilización se convirtieron en dos de las principales potencias económicas del mundo.
¿Cómo aceleramos ese crecimiento?
El libre mercado es un factor medular para lograrlo. Y al igual que pasó en Polonia, Alemania, Japón y Zimbabue, al cambiar el modelo económico hacia uno que permita la prosperidad de todos y no solo la de algunos, se podrá recuperar la confianza, fortalecer la moneda, evitar nuevos ciclos hiperinflacionarios, atraer nuevas inversiones y devolver a los venezolanos el poder adquisitivo que han perdido en los últimos años.
En la actualidad, incluso China entiende que el comunismo económico no funciona y por eso se pasó a un capitalismo vigilado o supervisado.
Con esa apertura económica, las empresas familiares pueden convertirse en un pilar estratégico para generar empleos de calidad, con derechos y protección social; diversificar la economía más allá de los sectores tradicionales petroleros; contribuir al crecimiento del ingreso nacional, aumentar la recaudación tributaria y fomentar la innovación, el dinamismo local y el desarrollo en regiones menos atendidas. Tal como ocurrió en Japón, tras la segunda guerra mundial.
Además, pueden facilitar la incorporación a la fuerza productiva de los jóvenes que piden espacios de relevo generacionales desde hace décadas, en lugar de seguir estancados repitiendo las mismas fórmulas tradicionales de siempre.
Los milagros económicos de Japón y Alemania
Japón y Alemania, tras la segunda guerra mundial (1945) y la posterior caída del muro de Berlín (1990), ofrecen ejemplos muy claros de lo que podría pasar en Venezuela si se toman las decisiones correctas.
En la Alemania occidental, con el Plan Marshall, la ayuda estadounidense fue vital para reconstruir la infraestructura y revitalizar las principales industrias de esta potencia europea. Las empresas familiares (Mittelstand) se enfocaron en la producción de bienes de alta calidad y posibilidad de exportación. Y tras la caída del muro, la modernización de la Alemania oriental sumo aún más músculo económico y exportador a esta nación, que apostó al capitalismo social y al libre mercado (Soziale Markwirtschaft) desde el siglo pasado.
Algo similar hizo Japón tras la segunda guerra mundial, priorizando la inversión en tecnología y la reconversión industrial. El gobierno y los grupos empresariales trabajaron juntos para garantizar el progreso nacional (Keiretsu), en lugar de seguirse confrontando.
El PIB per capita japonés creció a un ritmo anual promedio superior a 7% entre 1946 y 1956. Y el PIB nominal alemán aún más rápido.
Venezuela renacerá, como lo hicieron Japón y Alemania
Venezuela perdió casi el 80% de su producción económica en el gobierno de Nicolás Maduro, sin una guerra abierta de por medio, mucho más de lo que perdieron los alemanes y nipones en la segunda guerra mundial (más del 40% de su riqueza nacional y capacidad industrial). Pero luego de su reconstrucción y estabilización se convirtieron en dos de las principales potencias económicas del mundo.
Esto debe llenarnos a todos de esperanza en el futuro. Además, la capacidad industrial y petrolera venezolana no está destruida, sino mal gestionada, mal mantenida, dañada o parcialmente inactiva. Así que ese proceso de recuperación productiva será mucho más rápido.
Hoy en día, Japón es el país que cuenta con más dinastías empresariales del planeta. Hay 21 empresas familiares japonesas de más de 1.000 años de existencia y aproximadamente 140 empresas de 500 años de longevidad, 2.000 de más de 300 años, cerca de 4.000 de más de 200 años y más de 50.000 de más de 100 años.
Se entiende por una dinastía familiar a una empresa familiar que cumple con cinco condiciones, entre las cuales destaca la permanencia del mismo grupo familiar controlando la compañía por al menos cinco generaciones.
Toshio Goto, profesor de Japan University of Economics, precisa cinco claves de las empresas familiares niponas que han logrado transformarse en dinastías y perpetuar sus patrimonios después de la tercera generación, en lugar de venderse al mejor postor cuando empiezan a enfrentar crisis importantes.
En Venezuela, podemos aprender mucho de ellos y replicar en nuestras propias empresas familiares lo que creamos más conveniente:
1) Sistemas de dirección de empresas no solo sofisticados, sino efectivos (las juntas directivas de alto impacto y el Family Office son claves para sobrevivir en estos entornos actuales).
2) Innovación y capacidad de combinar armónicamente las tradiciones históricas, religiosas y espirituales con esos procesos de innovación, adaptándose a los nuevos tiempos.
3) Las dinastías empresariales gestionan el compromiso con una visión de muy largo plazo y una connotación comunitaria. Es decir, no están solo enfocadas en el beneficio propio y el de sus grupos cercanos, sino también en la prosperidad de la sociedad en la que se desarrollan, sus trabajadores y colaboradores, sus vecinos y en la calidad de vida de los barrios, pueblos, ciudades y países donde operan. Esto en Venezuela debería ser prioridad uno en el mundo empresarial.
4) Empeño en el proceso de formación empresarial de prácticas superiores de gestión y de calidad, como parte de la responsabilidad empresarial corporativa.
5) La planeación a largo plazo incluye a todos los grupos de interés (stakeholders).
Las estadísticas sugieren que la mayoría de las compañías familiares no superan los 20 años y las que lo logran lo hacen especialmente cuando hay una buena relación familiar y cuando se hace la poda requerida a tiempo para no crear cargos o hacer gastos administrativos innecesarios.
La clave está en la tercera, cuarta y quinta generación, pues deben gerenciar muy bien para perdurar, sobre todo en momentos de grandes crisis, como la que vive Venezuela actualmente. Con la asesoría y planificación estratégica adecuadas todos estos retos son superables.
Para 2026, con un escenario internacional y regional aún incierto, decenas de miles de empresas familiares venezolanas podrían ofrecer resiliencia, como lo hicieron en su momento las compañías niponas y alemanas.
Su tamaño mediano o pequeño les permite adaptarse con mayor agilidad a situaciones políticas complejas o cambios de demanda, costos y regulaciones; al mismo tiempo, su profunda conexión local les facilita identificar más rápidamente nichos de mercado, fomentar consumo interno y generar empleo en pequeñas comunidades, si se consigue la estabilidad deseada.
Empoderar al capital humano, familiar, emprendedor, como base de una estrategia de desarrollo que combine formalidad, inclusión y crecimiento sostenido, debería convertirse en una prioridad de Estado en esta coyuntura. Venezuela puede, así, reinventarse y encender los motores económicos que hagan falta en esa multiplicidad de empresas familiares y emprendimientos ya existentes y por venir.
El objetivo debe ser el mismo para todos, independientemente de sus orientaciones políticas, credos religiosos, razas, sexos, géneros o capacidades económicas y financieras: construir una mejor Venezuela a partir de una economía más diversa, equitativa, resiliente y justa socialmente a partir de ahora.
Desafíos por resolver
El acceso limitado al financiamiento es uno de los principales desafíos por resolver en este país. La mayoría de las pequeñas empresas reportan dificultades para acceder a crédito formal, de acuerdo con el Banco Mundial. Y sin crédito, muchas Mipymes no pueden invertir en mejoras, innovación ni expansión. Para lograrlo, es necesario tener una moneda que no se devalúe por completo cada año y a la que se han quitado 14 ceros durante la administración chavista-madurista.
Cuando Hugo Chávez asumió la presidencia de Venezuela en 1999, los venezolanos podían comprar un dólar estadounidense con 576 bolívares, pero en la actualidad -reincorporando esos 14 ceros quitados para maquillar el tamaño de la destrucción que ha tenido esa divisa en el siglo 21- tendrían que pagar 31.180.000.000.000.000 de bolívares de aquella época. ¡Ese es el verdadero tamaño de la destrucción monetaria del bolívar y su larguísimo ciclo hiperinflacionario!
Algo similar a lo ocurrido a Zimbabue y Alemania (República de Weimar) en el siglo 20. Zimbabue optó por el dólar y los alemanes prefirieron una nueva moneda para superarlo. Veremos lo que hacen en Venezuela para tal fin, pero sin moneda fuerte y estable tampoco se puede estabilizar un país ni dar progreso a su economía.
Los bajos niveles de productividad y estructuración empresarial socavan también este potencial dinamizador. En el pasado, diversos estudios hechos en el país han mostrado que las microempresas tienen una rentabilidad modesta, altos costos relativos, y dependen en gran medida de ingresos externos o de autoempleo para subsistir.
Además, la falta de capacitación, digitalización y profesionalización en las empresas familiares más pequeñas resta en forma notoria. Con esquemas tradicionales, sin sistemas contables adecuados, sin planeación estratégica, limitan su crecimiento y sostenibilidad. Allí tenemos mucho que hacer para sanar a la economía venezolana.